domingo, 11 de enero de 2015

Bitácora de un registro

Hoy son 11 días desde que inició el 2015. El día siete se me ocurrió dar el gran paso que estuve procrastinando un mes: registrar mi título universitario. Viví por un mes y tres semanas ese limbo de ser y no ser con miedo y orgullo, esquivando el “¿ahora qué vas a hacer?” de cada ojo y garganta que se paraba frente a mí. Hasta que llegó el momento en el que pensé “ya” entonces me armé de guáramo de un solo golpe y como fiel seguidora de los organigramas hice mi hoja de instrucciones donde establecía en orden todo lo que debía hacer y cómo hacerlo.
Llega el día, me dirijo en la mañana al Seniat en busca de la forma 16 (para el impuesto nacional que varía según el título que se obtenga), compro el timbre fiscal para el título, voy al banco y pago el impuesto. La cola del banco, la primera cola del año que hago (eso que es el banco más nulo que tiene el gobierno).
Casi a medio día voy al Registro Principal de la ciudad. Por fin, estaba ahí. Luego de registrarlo ya no tendré excusas; podré estudiar, podré trabajar. Podré lo que quiera para salir a echarme golpes en esa otra vida que es mía pero que no sé cómo llegarle. Entonces leo todos los avisos, hago mi segunda cola del año (más corta) en la taquilla y un señor me atiende. Al final, me da el visto bueno; debo volver en la mañana del día que quiera registrarlo con los requisitos y bs 508 o bs 635 en tarjeta para pagar el trámite, antes de las 6:00 AM pues solo reciben 60 títulos para registrar por día.
Aquí comienza lo realmente tortuoso; llego a las 6:00 AM del día siguiente, está oscuro y estamos a 13 grados. Llego en taxi porque donde vivo es una especie de pueblo cuidad donde no hay buses hasta las 6:20 AM, por eso si quieres salir antes debes llamar a un taxi por teléfono porque tampoco se ven en la calle. Lo primero que veo, una gran cola como si hubiera leche y papel en un supermercado. Gente con cobijas, ruanas, ponchos, sacos, botas; gente durmiendo en periódico y muchas caras que no pasaban de 30 años. Me bajo y veo un montón de chicos, me voy a donde están ellos; les pregunto quién es el último y me señalan la cola, pero me dicen que tengo que anotarme para mañana porque ya no hay chance para hoy (soy la número 47). En mi cabeza eso no tenía sentido, estoy desconcertada pero me anoto con escepticismo y me voy a hacer la cola de igual modo mientras proceso todo lo que veo y oigo.
Veo a una conocida, me dice que llegó a las 5:00 AM y ya no había chance, hay gente desde las 3:30 AM y no entraron entre los 60 que atenderán. Estoy impactada, no lo creo. Me dice que se organizaron y están anotando para quedarse todo el día haciendo la cola. Yo pienso “no acamparé, están dementes”.  Los chicos dicen que a las 8:00 PM pasarán asistencia en la cola y el que no esté perderá el puesto. Sin embargo, me quedo haciendo la cola y recopilando todo en mi cerebro. Me quedo hasta que el hambre me vence a las 9:00 AM.
Estando en la cola veo gente diciendo que llegaron a las 2:00 AM y sí pudieron estar entre los 60 que atenderán a las 8:00 AM. Mientras tanto llega más gente, se anotan para el día siguiente y la cola crece. Gente se va. Tengo hambre pero quiero ver en qué parará todo. Escucho el rumor de que para aceptar el título sin estar entre los 60 del día, alguien cobra bs 4.500 adentro. Estoy segura de que ese día no me atenderán, que perdí bs 100 en un taxi, pero, ya estoy aquí así que me informaré lo que más pueda. Entonces, esos bs 100 no se perdieron del todo.
Llega la hora de abrir el Registro, se mueve la cola rápidamente y se ordenan. Sale alguien de seguridad a vociferar información diciendo que solo atenderán 60 porque no tiene capacidad para más pues solo tres personas están haciendo ese trabajo. Que ellos no cuentan con computadoras y todo es manual. Que se organicen, porque para ellos las listas no tienen validez, que uno vea cómo se arregla y de la reja para afuera ellos no se van a meter. Además, dicen que se acumularon los grados por las manifestaciones del 2014 y hay exceso de títulos por registrar. Atenderán a quien llegue a la taquilla y si no tiene los requisitos perderá su turno.
Algunos comienzan a replicar. Unos 15 minuto luego sale un chico a decir: “muchachos que van a quedarse y amanecer para mañana, cuídense entre ustedes mismos. Miren que a veces motorizados llegan en la madrugada y les quitan los títulos y luego los llaman para pedir dinero. Esto por aquí es muy peligroso, una vez hasta tuvimos que salir de aquí a ayudar a una señora porque la estaban robando”.
Aquello se quedó en mi cabeza haciendo eco; estaba indignada, quería llorar. Era un caos eso. Así que me fui caminando a mi casa a las 9:00 AM pensando en qué carajo iba a hacer para registrar mi título; qué haría, cómo lo haría. Era épico, era imposible. Era una odisea que nunca había pensado hacer en mi vida. Cuando llego a casa le cuento a mis padres, tengo impotencia, tengo miedo, estoy molesta. Yo no voy a acampar; porque es acampar, no madrugar. Aquí hacen 5 grados a las 10:00 PM todas las noches, si llueve es peor.
Esa tarde salgo a una reunión, no pienso más en el asunto, pero sé que me debo resolver.
***
Esto, me dicen que es normal en otras ciudades del país desde hace un par de años. No señores, no es normal. Es lo que se ha hecho común y diario, pero no es normal que una persona deba estar 12 horas en una cola para realizar un trámite en una oficina del Estado. Exponiendo su vida y sus bienes. Pasando hambre, frío, trabajo. Pagando el sueldo mínimo de un mes para que le hagan el trámite bajo cuerda. Pagando rescate de un título universitario sin registrar y haciéndole así tanto mal a alguien que se fajó por lo menos tres años de su vida para estudiar un oficio. Nuestras instituciones no tienen respeto hacia el público ni el público hacia ellos. No hay memo, circular o resolución que baje la humillación aquí.

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