Bitácora (cruz en mayo)



03 de mayo de 2017
Altamira - Vzla.


Trato de ahogar las detonaciones con las Spice Girls de fondo. Ya esta mañana me quebré por escuchar veinte minutos de noticias nacionales. Llegué a la conclusión de que no es difícil ser abogado en este país porque roban y se divorcian todos los días; lo difícil es tener alma de jurista con toda esta situación.

Nombrar lo intangible nunca ha sido fácil. Decir Justicia no hace justicia, decir Libertad no libera. Decir Ley no da legalidad, como decir voto no da Democracia.



Hace una semana perdí un poema. Trato de rescatarlo, era sobre mi madre. Reescribo y comienzo a tararear la canción pero hay gritos en la calle que me hacen correr al balcón. Sentí el eco en las paredes del edificio. La gente corría de un lado a otro. Un sexteto de chicos exhibía trofeos de guerra producto de una refriega cuadras abajo; un fusil, un escudo anti motín y la puerta de una tanqueta. Un pequeño festín.

Vuelvo a lo mío. Dejo la música a un lado porque la sinfonía disonante en la calle es demasiada. Trato de concentrarme, de seguir. Escribo un verso y los gritos vuelven como ola repentina, y yo como pez asfixiado vuelvo al balcón.

Veo neblina. Veo un casco azul entrando a mi edificio. Recuerdo al chico de Protección Civil en el 2014 que entró a mi apartamento y me dijo «no veas noticias», a lo que respondí «no las veo, están fueran de mi ventana».

Fui a planta baja. Una cantidad suficiente de personas llenaba el patio central. Estaban temblando, tosiendo, llorando desconcertados. La mayoría rondaba los veinte. Los vi escondidos y desmayados en el piso mientras sonaban detonaciones. Nunca había visto a los ojos a alguien temiendo por su vida. Nunca había visto a tantas personas escondidas para salvarse. Vi a un chico que sostenían contra la pared con un ataque de ansiedad. Vi heridas y suturas. Cascos, escudos, máscaras anti gas. Afuera la guardia lanzaba gases que entraban y los pisos más altos y los más bajos estaban ahogados.

La vista me comenzó a picar y subí a mi apartamento. Hurgué un rato en internet intentado saber qué ocurría en la calle. Bajé por segunda vez, ahora con un pañuelo para cubrir mi nariz y con dos litros de agua para repartir. Los vi calmados y en silencio. La crisis hace salir a la humanidad.

Hay dos chicos identificados como paramédicos. Me impresiona su temple, la forma de decir «no necesito nada, pero si tienes guantes o gasas, está bien». Veo su delgadez, su juventud. Me pregunto cuántos años tendrán. Me pregunto a cuántas personas habrán salvado hoy.

El helicóptero no se iba. La guardia estuvo siempre a dos pasos de la entrada. Nadie podía salir o entrar porque abrir esa puerta sería desatar un infierno. El acoso al edificio duró unos cuarenta minutos y poco a poco se fue alejando el arsenal.

Todos hicimos lo que pudimos para ayudar. Cuando ves algo así es imposible que no te muevas.

Volví a mi apartamento a resistir. Desde mi habitación respondí los mensajes que preguntaban si estaba bien.

Estoy bien, estoy en mi trinchera. Voy por un té para dormir.

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