Salí de casa en la pandemia. Salí a buscar comida como en película hollywoodense donde acaba la humanidad. Caminé al Subte y el silencio lo domina todo. Ya nadie habla, ni escucha música en volumen alto. Nadie canta ni toca instrumentos musicales. Nadie te pisa ni te quiere pasar, ni te vende alfajores en cada parada. Todos sospechan de todos, todos huelen a alcohol recién rociado, todos se pierden entre máscaras con distanciamiento de abrigos polares. Es casi un delito tener humanidad, hay policías en cada torniquete, piden tu permiso para caminar y chequean tu identificación tratando de verte a los ojos. Sueño que salgo a la calle y no consigo agua para lavarme las manos, que pierdo por totalidad mi empleo, que pierdo el tapabocas. Sueño también, con todas las casas que he habitado con cariño, con la promesa que quiero ser para no volver con el rabo entre las piernas. Es el invierno más triste hasta el momento (cuento tres). Todas las mañanas el rezo de la vecina beata llama al Señor. Van ochenta y un días culpables de nacer con los ojos abiertos, culpables con las manos viradas al cielo, culpables de comer lo que no debimos y de gastar lo que no teníamos. Si es suficiente el mundo, no faltarían aplausos ni buena vecindad, ni buscaríamos restos en las miserias de otros rogando una salvación.
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El 28 de diciembre mis padres me obsequiaron una maleta. El 14 de enero salí. Nadie se atrevió a llorar, aunque mi madre lo hizo y le sonreí. Muchos dicen que eso era difícil, no lo fue, la verdad. Lo difícil viene cuando hay certeza de no poder volver a atrás.
Me gustan las medias lunas dulces. He aprendido a tomar café sin azúcar, a dejar pasar el tiempo y entender que no siempre me van a ayudar. Resulta que encuentro la manera de sobrevivir, que soy mi psiquiatra, y un banco de plaza está bien. A veces, soy un objeto en exhibición y otras pocas una cascara a merced del viento.
No tengo miedo de perderme, tengo miedo de no tener dónde volver. Entonces capturo imágenes satelitales para tomar el bondi 36, el subte D, cruzar la esquina; encontrar la calle que lleva a mis sábanas, que son mi único hogar.
Memorizo palabras que no debo decir. Camino y gasto los zapatos. Camino y todo mal, pero qué lindo se ve el paisaje cuando miro hacia arriba.
Me gustan las medias lunas dulces. He aprendido a tomar café sin azúcar, a dejar pasar el tiempo y entender que no siempre me van a ayudar. Resulta que encuentro la manera de sobrevivir, que soy mi psiquiatra, y un banco de plaza está bien. A veces, soy un objeto en exhibición y otras pocas una cascara a merced del viento.
No tengo miedo de perderme, tengo miedo de no tener dónde volver. Entonces capturo imágenes satelitales para tomar el bondi 36, el subte D, cruzar la esquina; encontrar la calle que lleva a mis sábanas, que son mi único hogar.
Memorizo palabras que no debo decir. Camino y gasto los zapatos. Camino y todo mal, pero qué lindo se ve el paisaje cuando miro hacia arriba.
Ando dando tumbos en el metro desde las 10 am. Hoy es el día ochentaynoséqué de manifestación convocada. Prevén caos a partir del mediodía — y toca ir a la oficina-. Son 7 estaciones y una conexión para llegar; el sol y el malandreo de Nuevo Circo son serios. La clave para sobrevivir: hacer creer que sabes a dónde vas.
Hora de iniciar mi trabajo, 12 m. Entro a una vieja oficina donde mi portátil blanca resalta en medio del polvo marrón. Una alfombra a media pared, un globo terráqueo (siempre he querido uno), fotos familiares y un teléfono que hace juego con el ambiente de antaño. Leo, copio, pego, edito; a final de jornada escucho Nantes de Beirut, tomo una foto del viejo lugar y como mi caramelo — que no sé de dónde salió- mientras pienso en el Deléitate. Mira que sí hay. Comparte y disfruta ¿Quién dijo yo?
Vuelvo a casa a las 4 pm a almorzar. Camino una estación más porque la mía está cerrada. La gente linda (como de revista) de Los Palos Grandes tienen trancadas las esquinas de sus edificios. Escuché el “no seas indiferente, quédate” que lanzaban a todos los que seguían de largo. Me limité a avanzar; no sin antes echar ojo de un árbol o muro donde esconderme en caso de que pasaran echando tiros.
Una cuadra y banderas. Una cuadra y el sonido del metal sonando. Una cuadra y basura quemándose. Una cuadra más y cascos verdes. Una cuadra más y llego a casa. Nadie sabe cómo la pasa el otro, uno solo imagina. Si comió, si le mataron a alguien, si ya no da más… si dio mucho.
En el camino recogí un mango, pasos adelante se lo di a un señor. Todo camino a casa. Un día más, uno a la vez.
Altamira - Vzla.
Trato de ahogar las detonaciones con las Spice Girls de fondo. Ya esta mañana me quebré por escuchar veinte minutos de noticias nacionales. Llegué a la conclusión de que no es difícil ser abogado en este país porque roban y se divorcian todos los días; lo difícil es tener alma de jurista con toda esta situación.
Nombrar lo intangible nunca ha sido fácil. Decir Justicia no hace justicia, decir Libertad no libera. Decir Ley no da legalidad, como decir voto no da Democracia.
Hace una semana perdí un poema. Trato de rescatarlo, era sobre mi madre. Reescribo y comienzo a tararear la canción pero hay gritos en la calle que me hacen correr al balcón. Sentí el eco en las paredes del edificio. La gente corría de un lado a otro. Un sexteto de chicos exhibía trofeos de guerra producto de una refriega cuadras abajo; un fusil, un escudo anti motín y la puerta de una tanqueta. Un pequeño festín.
Vuelvo a lo mío. Dejo la música a un lado porque la sinfonía disonante en la calle es demasiada. Trato de concentrarme, de seguir. Escribo un verso y los gritos vuelven como ola repentina, y yo como pez asfixiado vuelvo al balcón.
Veo neblina. Veo un casco azul entrando a mi edificio. Recuerdo al chico de Protección Civil en el 2014 que entró a mi apartamento y me dijo «no veas noticias», a lo que respondí «no las veo, están fueran de mi ventana».
Fui a planta baja. Una cantidad suficiente de personas llenaba el patio central. Estaban temblando, tosiendo, llorando desconcertados. La mayoría rondaba los veinte. Los vi escondidos y desmayados en el piso mientras sonaban detonaciones. Nunca había visto a los ojos a alguien temiendo por su vida. Nunca había visto a tantas personas escondidas para salvarse. Vi a un chico que sostenían contra la pared con un ataque de ansiedad. Vi heridas y suturas. Cascos, escudos, máscaras anti gas. Afuera la guardia lanzaba gases que entraban y los pisos más altos y los más bajos estaban ahogados.
La vista me comenzó a picar y subí a mi apartamento. Hurgué un rato en internet intentado saber qué ocurría en la calle. Bajé por segunda vez, ahora con un pañuelo para cubrir mi nariz y con dos litros de agua para repartir. Los vi calmados y en silencio. La crisis hace salir a la humanidad.
Hay dos chicos identificados como paramédicos. Me impresiona su temple, la forma de decir «no necesito nada, pero si tienes guantes o gasas, está bien». Veo su delgadez, su juventud. Me pregunto cuántos años tendrán. Me pregunto a cuántas personas habrán salvado hoy.
El helicóptero no se iba. La guardia estuvo siempre a dos pasos de la entrada. Nadie podía salir o entrar porque abrir esa puerta sería desatar un infierno. El acoso al edificio duró unos cuarenta minutos y poco a poco se fue alejando el arsenal.
Todos hicimos lo que pudimos para ayudar. Cuando ves algo así es imposible que no te muevas.
Volví a mi apartamento a resistir. Desde mi habitación respondí los mensajes que preguntaban si estaba bien.
Estoy bien, estoy en mi trinchera. Voy por un té para dormir.
Sobre mi
Hola, soy Rois y este espacio ha pasado por tantos cambios como los que he tenido yo a lo largo de mi vida.
Los caminos se trazan y no se pueden borrar. A veces los ocultamos, a veces persisten. Aquí la memoria queda con sus aciertos o no.
Sin pretensiones ¡Espero que disfrutes las lecturas que encuentres y puedas compartirlas!
Cualquier comentario o invitación que quieras dejarme, estaré gustosa de responder. Leer más





